- Padre, por favor –dijo el hombre con voz ronca- dejadme cumplir mi último deseo.
- Hijo mío –dijo el párroco- no sé si...
- Padre, mi último deseo...
El padre confesor fue corriendo a comunicar el mensaje al Dogo, que, sentado en su silla sobre la tarima que presidía la plaza, taladró con su mirada al que iba a ser ajusticiado; luego, se levantó pesadamente y habló al verdugo con voz grave y potente:
- Señor verdugo, queda suspendida la ejecución por unos momentos, durante los cuales el acusado expondrá su última gracia.
El verdugo soltó al hombre, que cayó de bruces balbuceando palabras de agradecimiento. Un instante después, se levantó con presteza y se dirigió al populacho y al Dogo, ya sentado en la silla otra vez.
- Pueblo de Venezia, gran Dogo, sólo os pido una última gracia, mi último deseo, que consiste sólo en dejarme tocar por última vez en mi amado instrumento una pieza.
Ante las sencillas, pero emocionantes palabras pronunciadas por aquel músico extranjero al que todos conocían por su sonado proceso público y que todos habían seguido con interés, el populacho no supo sustraerse. Pronto los guardias del Dogo trajeron el instrumento, más grande que lo habitual, pero hermoso. El hombre, llamado Amati, lo acarició con cuidado:
- Estás bien, estás bien... –murmuraba.
Le trajeron un taburete en el que Amati se sentó.
Pequeño, encogido sobre sí mismo, el hombre colocó aquel arco de violín (salido de algún rincón) sobre las gastadas pero brillantes cuerdas de su instrumento; luego, comenzó a tocar.
Al principio fue como la leve brisa. Luego los sonidos comenzaron a elevarse, a encogerse, a ganar velocidad... y dejaron ver a la gran figura que había dentro de aquel pequeño cuerpo. Tras unos minutos que parecieron horas, los vibrantes sonidos se convirtieron en... nada. Luego el hombre se irguió lentamente, conservando aún su majestuosidad. De pronto, el brusco movimiento de los sicarios del verdugo rompió el silencio mortal que flotaba sobre la plaza; en efecto, uno de los guardias había dado un paso al frente y había arrebatado con una brutalidad inesperada el instrumento al creador. El verdugo, sin embargo, ayudado por el otro guardia, se agarró rápidamente a Amati y le colocó la cabeza sobre el tocón del árbol. Un instante más tarde levantó la gran hacha resplandeciente e hizo que, silbando cual venenoso reptil, cayera sobre el cuello de Amati separándolo en dos mitades irregulares, de las que brotó un chorro de encarnada sangre. Horas más tarde se lanzó al fuego el instrumento, alegando que “estaba maldito”.
- Hijo mío –dijo el párroco- no sé si...
- Padre, mi último deseo...
El padre confesor fue corriendo a comunicar el mensaje al Dogo, que, sentado en su silla sobre la tarima que presidía la plaza, taladró con su mirada al que iba a ser ajusticiado; luego, se levantó pesadamente y habló al verdugo con voz grave y potente:
- Señor verdugo, queda suspendida la ejecución por unos momentos, durante los cuales el acusado expondrá su última gracia.
El verdugo soltó al hombre, que cayó de bruces balbuceando palabras de agradecimiento. Un instante después, se levantó con presteza y se dirigió al populacho y al Dogo, ya sentado en la silla otra vez.
- Pueblo de Venezia, gran Dogo, sólo os pido una última gracia, mi último deseo, que consiste sólo en dejarme tocar por última vez en mi amado instrumento una pieza.
Ante las sencillas, pero emocionantes palabras pronunciadas por aquel músico extranjero al que todos conocían por su sonado proceso público y que todos habían seguido con interés, el populacho no supo sustraerse. Pronto los guardias del Dogo trajeron el instrumento, más grande que lo habitual, pero hermoso. El hombre, llamado Amati, lo acarició con cuidado:
- Estás bien, estás bien... –murmuraba.
Le trajeron un taburete en el que Amati se sentó.
Pequeño, encogido sobre sí mismo, el hombre colocó aquel arco de violín (salido de algún rincón) sobre las gastadas pero brillantes cuerdas de su instrumento; luego, comenzó a tocar.
Al principio fue como la leve brisa. Luego los sonidos comenzaron a elevarse, a encogerse, a ganar velocidad... y dejaron ver a la gran figura que había dentro de aquel pequeño cuerpo. Tras unos minutos que parecieron horas, los vibrantes sonidos se convirtieron en... nada. Luego el hombre se irguió lentamente, conservando aún su majestuosidad. De pronto, el brusco movimiento de los sicarios del verdugo rompió el silencio mortal que flotaba sobre la plaza; en efecto, uno de los guardias había dado un paso al frente y había arrebatado con una brutalidad inesperada el instrumento al creador. El verdugo, sin embargo, ayudado por el otro guardia, se agarró rápidamente a Amati y le colocó la cabeza sobre el tocón del árbol. Un instante más tarde levantó la gran hacha resplandeciente e hizo que, silbando cual venenoso reptil, cayera sobre el cuello de Amati separándolo en dos mitades irregulares, de las que brotó un chorro de encarnada sangre. Horas más tarde se lanzó al fuego el instrumento, alegando que “estaba maldito”.